Definitivamente el corazón hoy se siente más pesado que el día de ayer...
2:45 pm...el cura termina de dar la bendición a las distintas delegaciones...cada curso se apronta a tomar sus bolsas de ayuda solidaria...las profesoras y profesores toman el mando y encaminan rumbo hacia la puerta del colegio. Es el día de la solidaridad. Momento propicio para tratar de infundir un poco de ella en los corazones de los alumnos. Me pregunto si algo de esto tiene algún sentido para ellos...y bueno...haciendo honor a la verdad: sí.
Algunos ven esta actividad como un hecho ineludible del cual no se pueden desprender, pero la mayoría participa y lo hace con entusiasmo. Eso ya es un incentivo. La idea es que todos deben visitar distintos centros, escuelas, y comunidades donde se haga necesaria la ayuda y la compañía.
A nosotros los profesores de asignatura nos aguardaba una sorpresa. La visita de este año había sido programada para la cárcel.
Palabra fúnebre y cargada de una consigna más que negativa. Y con justa razón. Con conocimiento de causa digo que la cárcel debe ser uno de los peores escenarios en los que se mueva un ser humano, junto a la guerra.
Desde hace ya un tiempo he tenido la inquietud de dejar las palabras - tan hermosas a ratos pero tan inútiles sino se acompañan de acciones que las respalden - pero nunca he sabido muy bien como moverme en el mundo de la solidaridad. Y de verdad se hace difícil tratar de romper la inercia.
Aun con este deseo de por medio, me ví pillada cuando mi buena y sabia amiga Mili me hizo la invitación. Sentí un desconcierto. Un lapsus mental me hizo responder con un “dejame pensarlo”.
Mis colegas de departamento respondieron a la invitación con una rotunda y aplastante negativa. A esta le prosiguió una conversación plagada de detalles sobre las cosas nefastas que te podrían suceder en semejante lugar si se te ocurría la “tan poco atinada idea” de visitarlo. Bullshit.
Finalmente me decidí por un sí. Debo ser franca y reconocer que mi decisión estuvo motivada más por una lealtad de amiga que por un deseo natural de visitar el lugar. No podía negarme a ayudar a mi amiga en esta tarea. Y partimos. Las profesoras visitarían la cárcel de mujeres y los profesores visitarían la cárcel de hombres.
Al entrar me invadió una sensación de inseguridad. Me sentí casi como entrando a un campo de concentración. Supongo que los mitos urbanos que rodean lugares como la cárcel pesan a la hora de enfrentarse cara a cara con ellos. Esta sensación se fue haciendo cada vez más pesada a medida que pasaba el tiempo. Nos esperaba a la entrada una delegación de gendarmes que nos dio la bienvenida. Charla mediante esperamos la señal para entrar al lugar donde nos esperaban.
El detector de metales me provoca natural desconfianza. Me incomoda que una maquina se arrogue la facultad de emitir un juicio sobre mi honestidad. Pero bueno...
Tenía especial preocupación por lo que haría una vez dentro. Que esperaría. Que diría. Como iniciaría conversación. Como sería el lugar. Un montón de inseguridades estúpidas que se disiparon conforme pasaban los minutos.
Entramos.
Hacía mucho frío y el piso de cemento no ayudaba mucho. En el interior nos encontramos a las mujeres que escuchaban predica de un pastor evangélico que visita el lugar a menudo. Cantaban y repetían Amén cada cinco segundos. Llamó mi atención esta actitud de vehemencia religiosa en contraste con los delitos que estas mismas mujeres habían cometido. Y ahí justo en ese instante comencé a observar con curiosidad suma cada uno de los rostros que se presentaban ante mi...me preguntaba que cosa habrían hecho para estar ahí.
Llamó inmediatamente mi atención la mayor de las mujeres. Estaba en silla de ruedas. Su mirada era dura y parecía incomoda con la visita. Había algo en ella que no me causaba lástima. Esta es la parte donde debo reconocer que muy a mi pesar, para bien o para mal, siempre percibo cosas de las personas que muchos pasan por alto lo que me lleva a hacer un juicio involuntario sobre ellas que generalmente es correcto.
Y esta en especial me resultaba especialmente lejana, fría, extraña.
Más tarde me enteré que esta mujer estaba ahí hacía mucho y que todavía le quedaban unos cuantos años por delante. Había matado a su marido y a su hijo. Fuerte su historia.
Inmediatamente después de la predica, voltearon hacía nosotras y nos ofrecieron asiento. Nos sentamos todas en círculo y mi amiga ofició de vocera oficial. Casi como reflejo involuntario yo y otra profe comenzamos a repartir dulces para romper el hielo. Luego me uní a otra profesora que ya había comenzado a conversar con dos de las mujeres. Al principio sólo atine a escuchar sus historias. Es fuerte comenzar conversación en tales circunstancias. En el aire se respiraba la realidad cruda de estas mujeres. Culpabilidad, vergüenza, desconfianza, tristeza, nervios, todo eso mezclado formaba una atmósfera incómoda.
Rápidamente las dos señoras se relajaron y contaron detalles de su vida. Una de ellas era madre de dos niñas grandes. Una de sus hijas había sido madre soltera mientras ella estaba en la cárcel. Y sentía profundamente haberle fallado a su familia.
La mayoría estaba por tráfico de drogas.
Es increíble constatar en vidas reales el maldito poder de la droga.
De alguna u otra forma todos los delitos cometidos por estas mujeres se relacionaban directa o indirectamente con la droga. La otra señora con la que hablé era mayor que la anterior y contaba que en un principio entró al “negocio” por necesidad... luego la tentación de la plata fácil la había llevado a continuar con el tráfico. Hasta que la pillaron.
Otro hecho que llama poderosamente la atención en esta realidad es el factor edad. Si bien es cierto el rango de edad de las mujeres es heterogéneo, habían muchas de ellas muy jóvenes y madres de dos o más niños...lo que hacía la situación de encierro más patética aún.
Otro caso que llamó mi atención era el de una de ellas de no más de 25 años que tenía dos hijos y había sido condenada a más de veinte años. Ella y su pareja habían cometido quizás que delito pues él tenía una condena de más de 30 años.
Las mujeres que hablaban con nosotras no nos dieron más detalles (entre ellas también existe un cierto código de protección que las hace hablar lo justo y necesario o justificar los delitos que las otras han cometido, no así los de ellas mismas...ellas reconocen sus debilidades y sus ganas de no cometer los mismos errores que las llevaron a estar ahí...)
Luego todas cantamos...
Durante la conversación surgieron las necesidades y angustias de todas estas mujeres que provenían de estratos sociales pobrísimos...con escasas posibilidades de surgir. Sobre todo después de salir de la cárcel.
La última mujer -muy asertiva ella- habló en representación de todas y denunció la injusticia que se cometía contra ellas pues no tenían derecho a los mismos beneficios de los hombres...y todo por que la diferencia en número jugaba esta vez a favor de los hombres.
Al ser mayoría (ellos más de 300) y al no poder juntar a ambos sexos, los hombres tenían prioridad de estudios. Ellos podían acceder a terminar su educación media. Beneficio muy apreciado por ellas y ellos, toda vez que varios no sabían ni escribir. Baste decir este detalle no menor para retratar la situación de pobreza en todo sentido en la vida de estas personas.
Al final cada una de nosotras se presentó y contó lo que sentía de los momentos vividos...
Al despedirnos algunas de nosotras hicimos el compromiso de volver...
No se aún como podría beneficiar mi presencia en el penal de mujeres. Debo confesar que me da un poco de pudor presentarme para enseñarles Inglés a sabiendas de que algunas no saben siquiera escribir...creo que por ahí no va la cosa.
Sin embargo no quiero cortar el vínculo. Creo que necesitan demasiado como para dejarlas a la buena de su suerte. Y francamente estoy segura que les va hacer bien ver lo que hay afuera a través de nosotras.
Ver un modelo de mujeres que trabajamos, que estudiamos, que somos independientes puede ayudarles a tener ganas de surgir en un mundo diferente. Distinto del mundo de la droga y del delito.
Salí del penal con una pena y una carga que no había sentido en otras circunstancias. Entiendo a aquellos que se rehúsan a visitar un lugar como este (pero no comparto su postura). Hay que tener agallas para hacerlo. Sobre todo para volver. Por que es duro encontrarse con la pena en la vida de estas personas de frente. Sin filtro. Me pregunto cuantas de las que se comprometieron a volver lo harán. Es difícil saberlo. Por lo pronto quedamos en ir una vez al mes. Veremos que pasa.
Llegando al centro de la ciudad entre a la primera Iglesia que encontré. Me dieron ganas de llorar. Y casi lo hago de no ser por la viejita que rezaba frente mí.
Agradecí ser libre. Ser como soy. Y tener las posibilidades que hoy tengo. Agradecí estar la otro lado de la medalla. De ser la que puede ayudar y no la ayudada. De ser la que aconseja y no la que recibe el consejo. De ser la que regala y no la que recibe por no tener casi nada. Y cualquier problema pasado era infinitamente pequeño al lado de todas las carencias de esas mujeres.
Me entristeció pensar en el futuro de muchas de ellas. Con suerte no volverán a delinquir.
Pero bueno... Esta es la vida y hay que vivirla... no queda otra que seguir adelante y hacer lo que mejor se pueda me dije. Por lo pronto pensaré en como puedo aportar mi grano de arena. Espero se me ocurran ideas dentro de todo este ir y venir.
PD: Inevitablemente mi mente salió del penal disfrazada de periodista. Imaginé que tan importante es el rol “comunicador de realidades” del periodismo. Y fantaseé con la idea de realizar un reportaje a estas mujeres tristes y llevarlo al diario local.
Inmediatamente después imaginé la cara de la directora de mi colegio al enterarse de mis intenciones... “en este colegio se le paga para enseñar a los alumnos y no para andar dándoselas de reportera Srta. Brun!!!”...me invadió la tristeza...ella no podría siquiera entenderlo...
Pero no importa me dije...algún día seré periodista y me daré el gusto.
Cariños.
Babe.